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Depresión de género.


Es un hecho que los trastornos del estado de ánimo son un problema grave de salud global. Las tasas de personas que los padecen no dejan de aumentar en las estadísticas que se publican periódicamente. en España la sufre el 8,56% del país. 

Que el 8,56% de la población general española presente depresión debe de considerarse como algo importante, pero si ahondamos en los datos y en la forma  en que este trastorno afecta a las mujeres si que deberíamos de preocuparnos y preguntarnos qué ocurre para que esto sea así, ya que  según diversos estudios, como el de Mori (2010), en mujeres, las cifras de depresión prácticamente doblan a las cifras que se presentan en hombres. La mayoría de las depresiones vienen dadas por factores externos, son las llamadas depresiones exógenas o reactivas. Y aquí es donde los porcentajes de mujeres con depresión se disparan. ¿Qué es lo que sucede para que haya más mujeres que hombres con depresión exógena?, ¿Qué factores son los que influyen para que esta realidad exista?, ¿Qué ocurre en nuestro entorno social para que las estadísticas arrojen estos datos? Para la Asociación de Mujeres para la Salud ”la única respuesta plausible (es): que la socialización de género (o sexista) es la responsable que determina las relaciones de poder / sumisión entre ambos sexos, y sus consecuencias negativas en la salud de las mujeres” (Muruaga y Pascual)

El término “depresión de género” lo acuñó hace unos años un grupo de Psicólogas de Madrid, que pertenecen a la Asociación de Mujeres para la Salud. Ellas definen este trastorno como un malestar producido por la vivencia de injusticias derivadas de la estructura patriarcal que supone nuestro contexto social. 

Entre las causas de la depresión de género se encuentran las siguientes:

Patriarcado.

Según Millet (1970) el patriarcado constituye una forma de poder donde las mujeres se encuentran bajo el control de los hombres.

Pese a los avances en igualdad logrados por las feministas, el mundo que habitamos es un lugar patriarcal en el que la equidad de género dista mucho de ser algo real. Aún hoy, por las sociedades de todo el globo, sigue existiendo el machismo.

Para definir este concepto tomaremos la descripción que de esta palabra hace el diccionario de la Real Academia Española (2014), que la expone entre sus páginas de la siguiente forma: el machismo es la “actitud de prepotencia de los varones con respecto de las mujeres”.

Para completar esta definición habremos de explicar el significado de la palabra feminismo, ya que todavía, a día de hoy, existe quien podría decir que es lo contrario al machismo. Y sucede que esto no es cierto. El feminismo no busca que las mujeres tengan poder sobre los hombres, si no, como diría Wollstonecrft (2005), sobre ellas mismas. Este es un movimiento que busca la igualdad real entre hombres y mujeres. Para lograr esta igualdad, dado que el género oprimido resulta ser la mujer, es necesaria la equidad, donde el trato no se da según el principio de igualdad, si no en función de las condiciones en que se encuentra cada individuo o grupo.

 El machismo se transmite de generación en generación a través de la socialización de género. Este tipo de socialización hace que las emociones se gestionen de un modo distinto según género, para los hombres destacan sentimientos como el enfado o la agresividad, y para las mujeres, emociones de tristeza, culpa o miedo. 

Esto predispone a vivir las relaciones desde la desigualdad, para las mujeres, esta forma de sentir, la que les han enseñado, les lleva a la sumisión y a los hombres, a dominar (Muruaga y Pascual , 2013).

Esta socialización de género influye de una forma negativa en las mujeres poniéndolas en un lugar en el que no pueden sentirse cómodas, en el que una buena salud mental encuentra trabas para ser una realidad. Y es que según Bleichmar (1999), existe una clara relación entre las características que se asignan al género femenino y lo que define a la depresión. Rasgos como la dependencia, la pasividad, la falta de firmeza, una imperiosa necesidad de apoyo, la baja autoestima o la incompetencia, son compartidos en la definición de ambos conceptos. Esto nos muestra como la socialización de género favorece los estados depresivos en el caso de ser mujer.

– “Ser-para-otros”.

Según el Instituto de la Mujer (2000) a las niñas se les transmite la necesidad de comportarse de una forma adecuada, lo que para el patriarcado se traducen en bondad, ternura y dedicación al prójimo, de forma que se experimentan las necesidades ajenas como propias. 

De esta forma las mujeres han sido educadas para ser seres que cuidan a los demás, que aman por encima de ellas mismas, a las que les parece natural ponerse en último lugar, otra cosa sería considerado, incluso por ellas, como un gesto egoísta. Y es que desde la infancia las niñas sienten que son responsables del bienestar de los demás, y los niños, que lo natural es que sean cuidados por las mujeres (Mingote, 2004). Lo que desde la más tierna juventud son juegos donde unas cuidan a muñecos de trapo o preparan imaginarias comidas en una cocina de juguete, y otros sueñan con conducir o ser superhéroes, en la adultez se traduce en mujeres que sienten la responsabilidad total, o al menos la principal, del trabajo reproductivo, o culpa por no desarrollar estos roles. Y hombres despreocupados, que no se han propuesto aprender cual es el funcionamiento de su propia lavadora, o que con suerte, “ayudan” (en lugar de ejercer su justa responsabilidad) a las mujeres con quienes comparten sus vidas, y en el caso de que estas mujeres no sigan los roles adjudicados por este tipo de socialización, llegar a sentir que no son bien (o suficiente) amados por ellas, porque el amor va ligado al los cuidados según el concepto patriarcal. Y esta realidad hace posible que el bienestar se mida a través de lo que nos ofrecen los nuestros, la familia, los amigos y amigas, nuestra realidad social (Muruaga, Y Pascual, 2013). Y cuando tu propio bienestar se encuentra en un lugar que no puedes controlar, este puede llegar a deteriorarse mucho sin que puedas hacer nada  para cambiar esta situación. Montesó (2008) afirma que “Ese ser para otros, introyectado por siglos en las mujeres y dictaminado social y religiosamente, se interpone en sus deseos y posibilidades de felicidad, causando en ocasiones, verdaderos estragos”( p.71) . Sin dejar de tener presente que esto puede dejar sin los recursos, en forma de tiempo, dinero y motivación para construir la propia felicidad.

– Sincretismo de género.

Además, existe un nuevo factor, llamado sincretismo de género, que complica aún más el hecho de ser mujer en estos días. Este término define cómo las mujeres, dentro de ellas, llevan la carga de lo que se les ha enseñado, de lo que nuestra cultura arrastra, sobre el hecho de ser mujer. Es decir, los roles tradicionales asignados al género femenino, cómo debe ser y comportarse una mujer para ser considerada una buena mujer. Esto conlleva ser amable, paciente, generosa, darle una importancia vital al hecho de ser amada por los demás, sobre todo, esto incluye encontrar a la pareja de su vida, y que esta sea preferiblemente del sexo contrario (un ser único, hecho para ella, sin el que no puede ser feliz) y al proceso de convertirse en madre atenta y abnegada. Y por otra parte, el mundo ha cambiado y de ellas se espera también que sean mujeres modernas, independientes, que formen parte del capital de trabajo productivo. Como expresa Lagarde (2000), “la composición contradictoria de la identidad de las contemporáneas hace de la autoestima un conjunto de experiencias antagónicas que producen inestabilidad emocional y valorativa, y refuerza formas de dependencia vital aun cuando los afanes personales sean por la autoafirmación”. Y como nos recuerdan Muruaga y Pascual (2013) en el amor, y la formación de las parejas los cambios han sido pocos, ya que aún hoy en día, las mujeres no pueden definir la felicidad sin el componente del amor de pareja, y de la creación de una familia, en sus vidas. Pero ocurre, al mismo tiempo, que a estas mujeres también se les insta a ser autónomas e independientes, y la mezcla de estos dos mandatos sociales conlleva un desequilibrio en el bienestar de las mujeres.

Está claro que la cantidad de roles que se espera que la mujer cumpla puede desencadenar de una forma lógica en una sobrecarga física y emocional que no es compatible con una adecuada salud mental. Y es que esta lucha entre los roles de mujer tradicional y mujer moderna, que provoca disonancia y culpa en las mujeres, puede derivar en depresión (Murillo, 2008; Gove, 1988).

-Mundo laboral.

Un resultado derivado de esta socialización de género, es la existencia de una evidente desigualdad a la hora de comparar ambos géneros en cuanto al poder adquisitivo, algo sumamente importante, ya que vivimos en una sociedad capitalista. Y es que según datos de Montesó (2008) y Las Heras (2007), las mujeres son las que cubren la mayoría de los empleos a tiempo parcial o los contratos de trabajos eventuales. Un ejemplo clarificador es que el 71,9% de los contratos fijos los disfrutan hombres, y esto no deja de ser otra forma de discriminación. 

Esto sucede porque aún, hoy en día, las mujeres son las responsables de la mayoría del trabajo reproductivo, es decir de aquel trabajo, no remunerado, dedicado al cuidado de los demás y el mantenimiento de la estructura familiar.

La economía familiar se compone de trabajo productivo, aquel que genera ingresos, y el reproductivo, que es el que hace que los ingresos no se conviertan en gastos. 

El trabajo reproductivo, no está remunerado, pero la economía familiar se sustenta en él. Si una familia debiera de externalizar los cuidados, es decir, pagar por cuidar, educar, limpiar, cocinar, proveer, transportar, organizar, etcétera, en una familia de clase media, los gastos serían mayores a los ingresos. Y es que como afirma Bleichmar (1999) “las madres son, realidad, empresas de servicios unipersonales”.

Como se ha comentado anteriormente, en España, y en la mayoría de los países del mundo, no existe una igualdad real frente al reparto del trabajo reproductivo y de este modo resulta imposible, que las mujeres compaginen estos dos tipos de trabajo sin perder calidad de vida en el proceso.

Además de el hecho de que existe una valoración mucho más positiva hacia el trabajo productivo que hacia el reproductivo, ya que aunque el cuidado de las mujeres es el que sostiene el sistema en que vivimos, los valores asociados al trabajo reproductivo no son respetados ni valorados de una forma adecuada (Serno y Benjamin,  1988).

Distintos estudios nos hablan de que la salud física y mental de las mujeres que tienen trabajos remunerados es mejor que la de las mujeres que tan sólo se dedican al trabajo reproductivo. Haciendo que en las segundas, el número de depresiones sea significativamente más elevado que en las mujeres del primer grupo. (González,1990; McBridge, 1988; Cova, 2005).

Y así ocurre, que las nuevas formas de amar dividen a las mujeres entre los nuevos y los viejos roles, haciendo que corran del trabajo productivo al reproductivo, intentando conciliar lo inconciliable, viviendo en una continua contradicción (Beck y Beck-Gernsheim, 1998) , y claramente, esto no puede ser sano para quien lo vive.

-Matrimonio y maternidad.

Uno de los aspectos más importantes de la construcción de la identidad de las mujeres, según los roles de género tradicionales, es la construcción de la vida en pareja. El amor como eje central de la vida de las mujeres. Según las reglas que constituyen el manual de “la buena mujer”, la vida ha de vivirse en pareja. Y no solo tener pareja, si no que su pareja se encuentre en la cúspide (junto a la descendencia) de lo que define tu felicidad. Es decir, algo que debe formar parte de la propia identidad de las mujeres. Bleichmar (1999) refleja la realidad de cómo si construimos la felicidad propia tomando como materiales las relaciones afectivas y la dedicación intensa, en algunos casos, exclusiva, a ellas, haciendo que el propio yo esté hecho de la relación con otras personas, cuando estas relaciones fallan o se deterioran, no sólo se pierde una parte importante de ellas, si no que la propia identidad, construida a través de el yo en relación con los otros se ve afectada. No se pierde o se tiene dificultad, con la pareja o la familia, si no que la pérdida y la dificultad compromete la identidad. Para algunas mujeres el límite de su piel está en las paredes de su hogar. Todo esto se puede ver reflejado en las estadísticas, ya que quien más sufre depresión por temas de pareja son las mujeres (Barnett y Gotlib. 1988).

Si analizamos de forma lógica el reparto del trabajo en el día a día de las mujeres, el trabajo productivo, no es ni mucho menos el único factor que puede convertirse en fuente de estrés, ya que como se ha comentado éste debe ser compaginado con las tareas de cuidado. Repasemos ahora distintos datos sobre cómo afecta al ánimo de las mujeres el hecho de vivir en pareja y de ser madres.

Según Montesó (2008) y Bleichmar (1999)  el matrimonio, marcado como está por las normas del patriarcado, resulta un beneficio para los hombres y un prejuicio para las mujeres y su salud mental. Esto queda reflejado en los datos, ya que ocho años después de la ruptura de la unión paramatrimonial las mujeres son más felices que antes de la separación (80% ellas, 50 % ellos), además de ser mayores los rangos de depresión en mujeres cuando éstas están casadas. Y Matud (2004) afirma que tener hijos, y el número de éstos, se correlaciona positivamente con el aumento de tasas de depresión.

Otro factor vinculado a los roles de cuidado adquiridos por la socialización de género es que el valor que se le da al hecho de ser madre puede afectar a la salud mental de las mujeres, provocando depresión, cuando rechazan o posponen demasiado, convertirse en madres, o cuando los hijos se hacen mayores y abandonan el hogar familiar (Zapata y Nazar, 2012).

– Violencias machistas.

Los datos no dejan de arrojar luz sobre por qué los ratios de depresión son más altos en mujeres. Y si seguimos desenmarañando el tejido patriarcal, seguiremos encontrando motivos, razones de peso para alimentar las estadísticas con mujeres tristes y desbordadas.

No podemos dejar de hablar de la violencia de género o machista, que según la ley Orgánica 1/2004, es aquella “que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión” (p.6). Y es la existencia de este tipo de violencia una peligrosa realidad en nuestra sociedad.

El Ministerio de Sanidad Servicios Sociales e Igualdad (2017), cifra en 49 los asesinatos de mujeres por violencia de género en el año 2017. Pero esta cifra, por grave y alarmante que sea, no termina por definir la profundidad del problema de la violencia hacia las mujeres, ya que los asesinatos machistas tan solo son la punta del iceberg. Por debajo de ellos se encuentran otras violencias machistas. Amnistía internacional (2015) publicó una infografía sobre este iceberg, donde destacaba las siguientes violencias, ordenadas de mayor a menor, por gravedad y visibilización social: asesinato, agresión física, violación, abuso sexual, amenazar, gritar, insultar, humillar, desvalorizar, ignorar, despreciar, chantaje emocional, culpabilizar, humor sexista, controlar, publicidad sexista, invisibilización, lenguaje sexista, anulación y micromachismo. Y es que según la OMS (2017) un tercio de las mujeres del mundo han sufrido algún tipo de violencia machista, física o sexual, en algún momento de sus vidas. Y esto, inevitablemente, deja huella en la salud de las mujeres. Según Montesó (2008) y Wong y Mellor (2014) la cifra de mujeres diagnosticadas de depresión que sufren violencia, ya sea en el ámbito familiar o laboral, supera el 50% de los casos, esto convierte al cuadro de depresión como uno de los que más se asocia a la violencia. Un ejemplo, es que sufrir violencia de género, se considera el factor con más riesgo para padecer un cuadro depresivo.

Por todo esto, es necesario destacar que existe un sesgo de género en el modo de construir la ciencia, al haber tomado al hombre como norma a la hora de investigar, en realidad, prácticamente en cualquier campo de la vida existe el androcentrismo. Un ejemplo sorprendente, y también bastante clarificador, es el de una empresa que acabada de lanzar al mercado una línea de sillas diseñadas específicamente para las mujeres, porque incluso los muebles han sido diseñados tomando como patrón al hombre, en este caso, la anatomía del hombre. Y dada la curvatura diferencial en las columnas de las mujeres, las sillas que siempre hemos utilizado, puede que no sean las más adecuadas para los cuerpos de las mujeres.

Por que como Serno y Benjamin (1988) expresan, el ser humano se define tomando como patrón lo masculino, y de este modo, puede que a las mujeres no les sirvan los modelos de tratamiento actuales, ya que el molde a partir del cual se han construido no las ha tenido en cuenta.

Tal vez, el no intervenir de una manera adecuada, específica, sea lo que desemboque en el siguiente hecho afirmado por varios estudios y es que las mujeres tienen mayor probabilidad de que se les receten psicofármacos que los hombres. (Valls, 2005; Montero, 2004; Miguel, 1978). 

Por todo esto, al encontrar la propuesta realizada por la Asociación de Mujeres para la Salud, con la creación del término “depresión de género” y el desarrollo de la teoría de la psicología feminista con su plan de intervención particular, debemos apostar por seguir esta línea de avance en la profesión de la psicología.

Habría destacar como necesidad la creación de un plan de intervención específico para depresión de género, porque este trastorno es una realidad para la que se está utilizando un procedimiento que  obvia en muchos casos que ésta es una problemática particular, distinta en varios factores al trastorno de depresión mayor, como resulta la diferenciación en la sintomatología, donde destacan, entre otros, la problemática con la pareja, la paralización del desarrollo personal, la queja o la falta de autonomía personal (Muruaga y Pascual, 2013). Porque como ya se ha destacado en este artículo anteriormente, resultan alarmantes las altas tasas de depresión en mujeres donde según Mori (2010), las cifras de depresión, prácticamente doblan a las cifras que se presentan en hombres. Y la diferencia en estos datos de prevalencias se hayan en las depresiones exógenas, que son aquellas causadas por las vivencias experimentadas, en el caso de la depresión de género estas vivencias que afectan a la salud de las mujeres están asociadas al formar parte de una sociedad patriarcal que implica componentes como el anteponer, como norma, las necesidades de los demás a las propias, el conflicto que genera el sincretismo de género, las desigualdades vividas en el mundo laboral, la experimentación de violencias machistas o la manera en que se vive, dentro del modelo tradicional, el matrimonio y la maternidad.

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